Esa criatura tan tierna, tan
fuerte, tan llena de vida, tan merecedora de los mejores pellizcos en las
mejillas por parte de las entrometidas de la cuadra, pero sólo duraba hasta que
daban con el resto del cuerpo. Recuerdo perfectamente aquella vez, la última
vez en que fue sólo mío y de nadie más, la vez en que se volvió un ser de otro
mundo y probé la equivocación de las personas que habitan éste. Nadie podía
darse cuenta de la verdad, se limitaban solamente a mirarlo con lástima y no
hacían más que acongojarse pues la última palabra era la del médico y éste ya
había anunciado un fatídico final. A fin de cuentas, quién era yo para
contradecir la palabra de aquel ignorante que vestía el título de doctor sino
un padre cegado por el dolor de perder un hijo. Eso fue lo que afirmaron
constantemente sin darse cuenta de que los verdaderos ciegos eran ellos que
movidos pos sus ansías de querer ser útiles por una vez en su vida no eran
capaz de ver con claridad. Por eso los repudiaba aunque en el fondo me daba
lástima por su incapacidad de no poder ver las cosas que de verdad importan en
la vida. Ante mis ojos la verdad se había revelado desde el primer instantes y
no me importaba para nada que me llamaran loco, sólo me dolió que mi mujer
también así lo haya pensado y sentía una aflicción tan grande por no poder
hacerle ver la grandeza de lo que aquella tarde sucedería, en vez de eso,
preferí que se ahogase en sus desespero de madres, porque no hay mayor pecado
que pedirle a una madre que no sufra por su hijo, aunque esta estuviese
engañada.
Lo tenía bien claro, el destino
de aquella criatura era lejos de las penas lastimeras que en este mundo enfermo
y egoísta tenían lugar. Mi tarea era clara, debía ser yo quien lo ayudase a
desarrollar todo su potencial y así lo tomé en mi mano derecha, sobre la cual
le quedaba espacio para bailar en giros si se lo proponía, lo llevé hasta el
balcón de aquel cuarto piso y dejé que reposara sobre la palma de mi mano
derecha, que sobresalía a las paredes y se mantenía suspendida al aire, apoyada
por la nada. Contra toda protesta, lo aupé para que experimentara sus primeros
pasos, como efectivamente sus piececitos, atendiendo al trascurso natural de la
biología, posasen por primera vez el peso de aquel adorable raquítico. Ante la
mirada estupefacta de los presentes, mi adorado dio sus primeros pasos, ¿Quién
lo iba a decir? Era sin lugar a dudas su regalo de despedida para mí, su padre.
Se formó un revuelo de mil demonios y llamaron a los bomberos y la policía, más
nadie se atrevía a tocarme por miedo a que el pequeño se cayera de mis manos y
encontrara su fin demasiado pronto. ¡Hipócritas! Me acusaban de pretender la
muerte de mi fruto, cuando eran ellos los que descaradamente aceptaban el fin
de su vida y se preparaban para celebrarlo. No, lo hice porque estaba seguro de
que lo lograría, de eso nunca tuve dudas, viviría. Al cuarto paso sus piecitos
tropezaron y mi adorado cayó al vacío. Justo antes de tocar el cemento mi
adorado lo logró, de las llagas ensangrentadas que deformaban su espalda
brotaron dos alas nacaradas que lo llevaron a alzar el vuelo sobre el
firmamento celeste, dio cuatro giros en el aire antes de perderse para siempre
entre las nubes.