miércoles, 22 de febrero de 2012

Tu renacer y mi partida


Esta calidez que me hiela la sangre me lanzó a la premura de sorprender al viento en las más lóbregas calles de la pestilencia urbana. Me sentía grande e imponente, nada podía pararme, como un mesías cuya responsabilidad es la de librar las almas de su pena. 

Siguiendo la macabra filantropía que definía mi voluntad, escogí encontrarte bajo el puente de piedra antiguo de la ciudad, cuyo simbolismo lo hace conservar aún su medieval arquitectura.

Tarde arribaste, como siempre, pero era tu día y no había más cabida sino para la celebración de tu llegada, que duró menos que la partida. 

Quería convertirte, barro de impureza y manías, en la más de las finuras que podían existir en materia de vasijas. 

Y tu cuello fue copa de cristal que derramó el vino tinto en mis manos de fuego a la luz de la luna. El fuego fundió el cristal para moldear alas que te liberaron, amigo mío, de la inmundicia corrupta que abrigaban tus ropas y yo no podía sino llorar de alegría ante tan religioso y esperanzador acto.

Me queda el recuerdo de un final de una noche en que fuimos tan puros como la energía. Acto seguido y sin complejo tomamos rumbo vago la principal avenida hasta dar con el Café Montecarlo, lugar de muerte de la infame resaca que dejó el ritual de tu partida.