Esta calidez que me
hiela la sangre me lanzó a la premura de sorprender al viento en las más
lóbregas calles de la pestilencia urbana. Me sentía grande e imponente, nada
podía pararme, como un mesías cuya responsabilidad es la de librar las almas de
su pena.
Siguiendo la macabra
filantropía que definía mi voluntad, escogí encontrarte bajo el puente de
piedra antiguo de la ciudad, cuyo simbolismo lo hace conservar aún su medieval
arquitectura.
Tarde arribaste, como
siempre, pero era tu día y no había más cabida sino para la celebración de tu
llegada, que duró menos que la partida.
Quería convertirte,
barro de impureza y manías, en la más de las finuras que podían existir en
materia de vasijas.
Y tu cuello fue copa
de cristal que derramó el vino tinto en mis manos de fuego a la luz de la
luna. El fuego fundió el cristal para moldear alas que te liberaron, amigo
mío, de la inmundicia corrupta que abrigaban tus ropas y yo no podía sino
llorar de alegría ante tan religioso y esperanzador acto.
Me queda el recuerdo
de un final de una noche en que fuimos tan puros como la energía. Acto
seguido y sin complejo tomamos rumbo vago la principal avenida hasta dar
con el Café Montecarlo, lugar de muerte de la infame resaca que dejó el ritual
de tu partida.