La araña recorría la servilleta en lentos
movimientos que, de a momentos, parecía retroceder pero en realidad tomaba más
impulso para seguir adelante hasta alcanzar el pescuezo y ahí ya no había nada
que hacer ¡Malditos dioses, arruinarme la vida de esta manera en vez de dejarme
morir y me vale madre el mundo! Roberto supo que no había nada que lo hubiera
ayudado a prepararse para enfrentar ese día, en cambio vivía esquivando el
momento y todavía sigue sin entender en qué momento ¡idiota, tú solito te
metiste en la boca del lobo y sé un hombre!
Dos horas después se encontraba jugando al
equilibrista sobre la baranda del puente donde 20 metros más abajo lo velaba
aquel río turbio cuya corriente tragaba todo lo que le fuera arrojado sin
dejarle ya regresar a la superficie. La policía había destinado un cuerpo
especial de vigilancia al pueblo debido a los innumerables reportes de personas
vistas por última vez sobre este puente antes de que no volviera a saberse más
nada de ellas.
El saco de la conciencia se le había llenado a
Roberto hace mucho tiempo, el peso de la carga comenzaba a ser ya tan
insoportable que lo único que sinceramente esperaba era que aquel peso se
hiciera cargo de él y lo enterrara en alguno de esos pantanos que abundan en
los parques, justo detrás de la estatua, y volverse abono de petunias y el
mango agobiado por la pedradas de los niños de la zona; entonces algún
trabajador de la limpieza pública avistaría el saco roído y cubierto de polvo
y, al divisar dentro cadáveres de sueños y promesas aniquilados, llamaría
inmediatamente a la división de homicidios para llevárselo como prueba
fehaciente en casos jamás resueltos. Seguramente luego de un tiempo, cuando ya
todos hayan olvidado nuevamente el horror (o el morbo) que aquel día habrían
encontrado, reciclarían todo aquel papel y harían de ellos cuadernos que niños
aprendiendo a escribir utilizarían para plasmar su garabatos, en fin, no hay
maldad que un plumazo de la mano de un niño no pueda anular, o al menos
maquillar.
Roberto, asesino a sangre fría, aquel ocaso
enfrentaba sus fantasmas: el problema no fue haber matado aquellos sueños y
promesas, lo es en cambio el haber sido él el padre de ellos; dejar que nacieran
fue lo más devastador para él porque cada vez que uno de ellos nacía algo de él
le transfería y cada vez que los mataba se mataba a sí mismo. Tendría que haber
tenido el valor y la decencia de llenarles el bulto de balas antes que soportar
ver crecer esos engendros autistas que cualquier otro llamaría ridículamente
“especial.”
Ese
era el momento justo para hacer que las cosas por fin terminaran como lo había
estimado, con excepción de que no sería un parque sino el puente y las aguas
del río. Sólo que Roberto detestó toda su vida el agua y la sola idea de acabar
con su vida ahogado le daba asco, o peor aún, que todo aquello no funcionara y
tuviera que vivir ahogándose una y otra, hasta la eternidad, en aquellas aguas
inmundas.
La
decisión era obvia, Roberto, asesino a sangre fría, ahora cobarde sentimental,
arrojaría el saco al agua y retornaría para que las manos que horas atrás lo
sostenían terminasen el trabajo empezado… tal vez una bala de carmín al
corazón.