Un día alguien me dijo que es un error vivir encerrado en un sueño, separado totalmente de la realidad; que es mucho mejor, en cambio, hacer todo lo que está a nuestro alcance para lograr que ese sueño se vuelva realidad. Luego comprendí que, al igual que yo, esa persona también estaba equivocada pero sus palabras estaban mucho más cercanas a mi verdad y me sirvieron para llegar a ella.
La respuesta se encuentra encerrada en las mismas palabras que me fueron dichas, sólo que el orden en que se encuentran no es el correcto y por eso la mente y el espíritu no lograban ponerse de acuerdo. Me di cuenta de que se trata del mismo problema que presente una caja fuerte cuando se intenta abrirla y la combinación se ha perdido: debemos proceder a probar todas las combinaciones más lógicas posibles hasta hallar la que logre abrirla; de la misma manera, hay que ir colocando las palabras en el orden que creemos el más lógico hasta dar con la combinación correcta que libere la verdad que encierra. Luego de una serie de razonamientos, de momentos de reflexión, horas, días, meses y el acontecer diario de una vida, estás fueron las conclusiones a las cuales he llegado:
No se puede vivir una realidad de sueños ausentes, puesto que sería como vivir en una colmena de hormigas, donde todos seriamos seres autómatas que viven sin una razón, donde la indiferencia reinaría y tanto alegrías como tristezas serían miradas sin ninguna exaltación, sin ninguna diferencia; daría lo mismo ver una película de horror que una comedia; leer un cuento o un poema no tendría diferencia alguna a leer una informe médico o un reporte financiero; no habría diferencia alguna entre la muerte y la vida. Imaginen la existencia de la luz sin la oscuridad: ¿Qué es entonces la oscuridad? No lo sabríamos dado que no hay una figura, un concepto antagónico que nos sirva para diferenciar la obscuridad y necesariamente tendría que surgir algo que substituya la luz (lo cual nos llevaría al punto de partida), de otra manera la obscuridad desaparecería porque no puede existir sin un opuesto. Así la mente, al anular los sueños, se anula a sí misma porque son los sueños los que hacen a cada individuo tener gustos, inquietudes, creencias, etc., particulares; sin sueños la mente no tendría motivación de superación y tal vez hoy aún siguiéramos pensando que la tierra es plana. La realidad en extremo es gris y plana hasta el punto de la auto-anulación, pero ¿Qué pasaría si viviésemos una vida donde los sueños se superponen a la realidad?
Vivir encerrado en una burbuja llamada sueño, en constante negación de la realidad, se vuelve igualmente peligroso puesto que veríamos las cosas como queramos que sean y no como realmente son; nos convertiríamos en los niños caprichosos que quieren todo lo que desean, como lo quieren y al instante, sin haber realizado ningún esfuerzo que merite tal recompensa o haber dado algo a cambio. Terminamos por aferrarnos a mentiras y (así como se duerme se tiene que despertar y como se vive se tiene que morir) mientras más aferrados a ellas más duro será el golpe al despertar y más grande la desilusión. Nadie quiere ser el tonto que cree ser el centro del universo y al final termina por buscar la aceptación de terceros por lo que se cree, para no tener que aceptarse a sí mismo como realmente es, con las cosas buenas y las cosas malas. También podemos no valorar lo que tenemos y es por esa razón que necesitamos de la realidad, la cual funciona como un medidor de las cosas que queremos, las que poseemos, las que hemos alcanzado y las que podemos alcanzar. Tal vez así estemos expuestos a lo negativo, a las derrotas y las tristezas; pero a cambio también conoceremos lo positivo, las victorias y las alegrías. Ya queda en mano de cada quien decidir lo que quiere, cómo lo quiere y lo que necesita para alcanzarlo. Puede suceder que, tal vez, encontremos en el camino personas en las cuales podamos apoyarnos mutuamente para lograr nuestros objetivos. No olvidemos que somos parte del mundo y el mundo es parte de nosotros, la cual es condición de muchos otros billones de cabezas y debemos tomarlo en consideración (queriendo o sin quererlo) para cumplir con la premisa que dice que nuestros derechos terminan donde comienzan los de otros, y en la medida que las personas a nuestro alrededor sean felices también nosotros lo seremos.
A la luz de lo expuesto parece que la afirmación de que hay que volver los sueños realidad sería lo más adecuado y lógico en todo este asunto. Entonces, ¿Por qué es errada? Pues bien, si volvemos un sueño realidad estaríamos transformando una mentira en una verdad; si repetimos cien veces una mentira ésta se volverá verdad, pero eso sólo aplica, tal vez, a quienes nos rodean porque jamás podremos engañarnos a nosotros mismos. Basta que hagamos un recuento de nuestras vidas para que las verdades salgan a flote y la frustración invada a quienes despiertan a la realidad y se encuentra que todo ha sido una mentira. Otro aspecto negativo de volver un sueño realidad es que buscaremos que sea como lo soñamos, por lo que estaríamos condicionados a que las cosas sucedan en un modo determinado y nos cierra a la posibilidad de cualquier variación, por muy buena que sea, por miedo a perder algo que, tal vez, aún no tienen.
La respuesta sin duda alguna es (a mí no me quedan dudas al respecto) volver la realidad un sueño, de esta forma se parte de la verdad y por lo tanto no se corre el riesgo de desengaño. Para ello hay que empezar por aceptar plenamente lo que fuimos, lo que somos y lo que podemos ser (una tarea importante que no todos son capaces de cumplir con éxito), de manera que nada nos tome por sorpresa y nuestro norte se vislumbre con claridad para saber cómo debemos actuar y lograr que nuestra realidad no tenga nada que envidiarle al más hermoso de todos los sueños. Cuando volvemos nuestra realidad un sueño lo construimos desde la nada y es más sencillo agregar o quitarle cosas que lo vayan acercando a la perfección; y lo podemos hacer sin miedo a perder y con grandes chances de ganar, ya que somos conscientes de que partimos desde la nada y, tal vez, sea necesario sacrificar ciertas cosas en orden de alcanzar otras mejores que compensarán las sacrificadas. Bastará con que un día nos despertemos y al mirar a nuestro alrededor nos parezca que aún seguimos soñando, en ese momento sabremos que estaremos viviendo un sueño del cual no habrá necesidad de despertar porque sencillamente llegamos hasta él ya despiertos.
Parece increíble que baste jugar con el lenguaje y su sintaxis para llegar a una conclusión que (al menos para mí) estuvo presente todo el tiempo bajo mi nariz pero mi ceguera me impidió darme cuenta de ella. No fue sino hasta mucho después que mis competencias lingüísticas se volvieron medianamente aceptables, conjugadas con el regalo de la vida llamado “experiencia”, que descubrí la posibilidad de reordenar (ordenarlo, para ser francos) el mundo, sólo hay que darle un nuevo orden a las palabras y ser conscientes y cuidadosos al utilizarlas (con cuidadosos no me refiero al dejar de usarlas, al contrario, no se debe dejar de usarlas pero en siempre en su justa medida y pertinencia).