Del cielo caen balas como gotas que van silenciando ideas mientras Vargas, Rodríguez, Bello y Bolívar con dolor lloran la muerte de sus hijos ilustres, el progreso de la patria a la cual dieron vida, a manos de sus ignorantes hermanos. Aun así, sus ideas y sus cortos legados se vas acumulando en los bancos de los ríos metafísicos, cuyos cauces se encuentran en esta tierra tricolor de 7, 8 o 23 estrellas, según el punto de vista que se vea. En ocasiones llueven balas, inundando tales ríos que arrasan con la ignorancia que mantiene adormecida la población y hacen germinar la semilla del desarrollo. Déspotas y tiranos han intentado en innumerables ocasiones amordazar ideas, saquear el templo del conocimiento y corromperlo para imponer su doctrina y sus falsos próceres, ajenos a la diversidad; son ellos quienes minan los pilares de la tolerancia sin éxito, pues las voluntades más férreas y el mayor de los corajes se forjan en las mentes de quienes dedican su vida a la búsqueda de la verdad a través del conocimiento. Los hijos ilustres de la patria son odiados porque estos no se dejan seducir y timar por la mentira y luchan valientemente hasta dar con la verdad, esa astuta juguetona que gusta de jugar a las escondidas, siendo en ello una campeona.
Los hijos ilustres de la patria mueren con valentía en la empresa de la construcción de la libertad y del progreso porque no quieren doblegarse al miedo y vivir oprimidos. Tendrá que llover plomo para que un ilustre muera y dos más nazcan.
(Dedicado a los verdaderos héroes, aquellos que no buscan más que el verdadero porvenir.)
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